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Reseña de Ratas, ratones, rateros

Director: Sebastián Cordero
Guionista: Sebastián Cordero
Año: 1999

Ratas, ratones, rateros es una desilusión en tantas formas diferentes que resulta inefablemente tedioso el mencionarlas de forma detallada. Espero no se me culpe al expresarme de este modo del filme, pero tomando en cuenta que desde que tengo memoria me fue vendido como “la mejor película ecuatoriana”, mis expectativas no podían haber estado más altas. Y eso a pesar de que con el pasar de los años he aprendido a la fuerza que el cine ecuatoriano es en su mayoría una gran pila de “dramas” que terminan provocando carcajadas antes que cualquier emoción.

Al menos hay que reconocer que Ratas es sincera desde el principio en lo que respecta a su calidad, y con esto quiero decir que la primera escena del filme es indiscutiblemente una de las peores. La misma consiste en una persecución a través de un cementerio iniciada cuando el protagonista (Ángel, interpretado por Carlos Valencia) es sacado de la cama en que reposaba junto a una prostituta. La escena es tan amateur y tan pésimamente realizada que parece más digna de un ejercicio realizado por un estudiante universitario de cine que de una película con semejante fama. La pelea entre Ángel y sus perseguidores es ridículamente falsa, la lentitud con que reaccionan ante su escape pareciera un intento por emular a los stormtroopers de Star Wars, y eso sin mencionar los espantosos movimientos de cámara cuya única razón de existir fue claramente ocultar la falsedad aún mayor con la que debieron estar plagadas las tomas.

Pero hablando en forma más general, uno de los más notorios problemas es que la trama del filme es prácticamente inexistente. Los personajes actúan sin motivaciones claras y su accionar no va encompasado en un arco narrativo ni en una secuencia lógica de acciones. En un momento lo más importante es escapar de los matones que perseguían a Ángel (cuyo motivo queda en total oscuridad más allá de un hueco “para saldar una deuda”), en otro vemos los distantes problemas del sobrino de Ángel, Salvador (interpretado por Marco Bustos), para ligar con personas del sexo opuesto y finalmente un atraco a una casa tan mal ejecutado y en que tantas coincidencias se aúnan que no pude evitar sentirme cual espectador de obra teatral de escuela.

La historia fue tan inconexa y tan carente de rumbo que por varios momentos sentí que la idea original del filme estaba orientada a una miniserie o algo por el estilo (y tal vez haya sido así, no me sorprendería para serles sincero). Tal vez por eso notarán que no les doy una idea clara de la sinopsis de la película. Supongo que un buen intento sería algo como: Un hombre llamado Ángel intenta saldar una deuda junto a su sobrino Salvador. Es resto son extraños departures.

Varias decisiones a lo largo del filme fueron claros intentos por mostrar de manera realista las interacciones entre jóvenes de baja posición social. Sin embargo, sin una espina dorsal argumental sobre la cual sostenerse, más que madurez temática parecieron el alarido de un director mimado gritando “mírenme, mírenme, yo también soy profesional y atrevido, muestro chicos masturbándose e insultando”.

Centrándonos en los personajes, lo que resultó probablemente más frustrante respecto a ellos fue lo tonto que resultaban casi todas las decisiones que tomaban y lo innecesario que fue que sus historias constantemente se entrelazaran. El tener un número tan reducido de personajes parece haber convencido a Cordero de la necesidad de que la mayor cantidad de los mismos apareciera en cada escena posible. Esto llevaba a peculiares momentos, como cuando Ángel y Salvador se meten a la casa de Carolina (prima de Salvador) y comienzan a robar las pertenencias de todos los invitados durante su fiesta de graduación.

¿En serio se supone que fue una coincidencia que fueran ese mismo día sin saber sobre la fiesta? ¿En serio se supone que justo antes de la fiesta Ángel le vendió un revolver a J.C., el novio de Carolina, sin haberlo conocido previamente, y que luego desembocaría en un intento de asesinato? ¿En serio se supone que los padres de Carolina dejarían entrar a Ángel a la casa en tan importante ocasión conociendo su pasado criminal? Y más importante, ¿en serio se supone que Carolina vio a Salvador y a Ángel robando las cosas y no hizo nada al respecto más allá de mostrarse ligeramente decepcionada? ¿Qué les pasa a estas personas? O mejor dicho, ¿qué se supone que pensaba Cordero mientras escribía el guión?

Pero si hay un círculo en el infierno separado para los malos guionistas, Sebastián Cordero se lo lleva por cada escena en la que apareció J.C. El muchacho actuaba tan inmadura e irracionalmente que no era posible tomarlo en serio, y creéanme que lo intenté. En un momento compra un arma de un desconocido (Ángel) que sólo se aparece en la calle y se la vende para minutos después amenazar de muerte en medio de una fiesta a un amigo que le habló a su novia. Luego al parecer se obsesiona con las armas y decide robarle una a su padre (¡¿por qué?!), por lo que termina planeando un robo en su casa para explicar su ausencia.

A eso hay que aumentar las constantes amenazas de violencia que realiza a Carolina y quedamos con una caricatura de personaje en el sentido más ridículo de la palabra. Pero entonces, justo cuando cualquier humano razonable podría haber creído que la trama no podía decender más en el melodrama estilo telenovela colombiana, Carolina le anuncia a J.C. que está embarazada. Solté una carcajada tan pronunciada en ese momento que casi se me salen las lágrimas. No hay más que decir al respecto.

Veredicto: Ratas, ratones, rateros es un decepcionante recordatorio de la importancia de crear una trama consistente y personajes bien desarrollados a la hora de intentar armar una película decente.

4/10


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